«Ministerio de Capital Humano»: la amputación de lo social en favor del mercado

El «Ministerio de Capital Humano» es una de las más importantes reformas que pretende aplicar Javier Milei en el Estado. Se trata básicamente de un superministerio que abarcaría nada menos que a Salud, Educación, Trabajo y Desarrollo Social, todas áreas que quedarán degradadas a secretarías y perderán rango ministerial.

El proyecto de poner en pie este nuevo ministerio es una de las reformas que más cabalmente confiesan la visión que Milei tiene de la vida social: una en la que las relaciones de mercado lo son todo, una en la que todo lo que merece existir es en función de las ganancias de los empresarios. Aquí, la «motosierra» de Milei planea ir mucho más allá de lo meramente presupuestario: intentará atacar el lazo social como tal en la visión de una sociedad neoliberal dominada por la atomización. Por supuesto que el individualismo extremo es pura fantasía. Es la ideología de los ricos que se quieren entender a sí mismos como los productores de toda su riqueza. Es la ideología de que la producción de las riquezas producidas socialmente merecen estar en manos de unos pocos individuos.

La designada para semejante área será Sandra Pettovello, una periodista que supo ser productora del programa La Cornisa, del archimacrista Luis Majul. Sin experiencia en el Estado, es diplomada en «ciencias de la familia» y otros tantos títulos extravagantes o directamente de pseudociencias tales como Reiki, «ciberpsicología», «terapia familiar sistémica» o «neuropsicoeducación». Es literalmente una de las peores opciones posibles de entre los 45 millones de argentinos.

El Ministerio de Capital Humano

Los nombres indican hacia donde se pretende ir. «Salud», «Educación», «Trabajo» son nombres de todas cosas que consideramos derechos elementales que el Estado debe garantizar. A pesar de años de ajuste de los sucesivos gobiernos, dichas áreas no dejan de ser importantísimas e históricas conquistas de las clases explotadas y oprimidas que le arrancaron a la dominación del capital un mínimo nivel de derechos, que hace que las personas seamos «algo más» que mera carne y nervios explotables económicamente.

«Capital humano» es precisamente eso último. Pese a lo degradados que están, «salud» «educación» y «trabajo», al menos en sus nombres, hablan de los derechos de las personas. Que esas personas sean ahora «capital humano» es que la educación, la salud y el trabajo son entendidos de manera directa, sin filtros, como administración de carne de explotación.

No existe el «capital humano». El capital es una relación social, una forma de propiedad que debe autovalorizarse a partir de la explotación del trabajo humano. El «Ministerio de Capital Humano» es la declaración de intenciones de hacer de esta cartera la mera administración de esclavos del Capital.

Esto es lo que adelanta la idea -contenida en la plataforma electoral de La Libertad Avanza- de la aplicación de políticas «transversales» a todas estas áreas, a pesar de ser tan disímiles entre sí. Lo transversal es que en vez de ser concebidas desde un punto de vista social, todas estas áreas estarán atravesadas por la lógica de las relaciones de mercado: la oferta y la demanda.

Para la educación y la salud se propone el sistema de «vouchers», eufemismo mediante el cual se nos promete «subsidiar la demanda y no la oferta» de manera que se premie a los «mejores» y se castigue a los peores. En este contexto, «mejores» y «peores» debe entenderse como los más y menos rentables respectivamente, lo cual, si se está hablando de escuelas u hospitales, no tiene nada que ver con garantizar una educación y una salud accesible y de calidad.

En realidad, detrás del sistema de vouchers no hay más que una privatización apenas encubierta de estas dos áreas: como el Estado pretende -plan motosierra mediante- ajustar a la salud y la educación públicas, afectando gravemente sus posibilidades, el «mecanismo de oferta y demanda» terminará beneficiando a los privados, y lo público quedará en el abandono. Con ello, consecuencias sociales desastrosas de extrema desigualdad y directamente exclusión.

Esta política no sólo pretende afectar el acceso a la educación como tal, sino la forma en que se concibe la educación misma. La lógica de mercado impone mecanismos pedagógicos basados en resultados, dando lugar a una educación estandarizada según criterios económicos. De la parte de lo «humano» queda muy poco en beneficio de la parte del capital.

La salud pretende regirse por los mismos estándares capitalistas. Las prestaciones pretenden ser aranceladas y quedar en manos mayoritariamente privadas. La pandemia fue un gran ejemplo de cuales son las consecuencias de dejar librado al mercado cuestiones fundamentales de la salud, como en ese momento fueron las vacunas: los laboratorios se las vendieron a los países más ricos que las podían pagar y dejaron en el olvido a los países más pobres. Este ejemplo puntual refracta sobre toda la concepción ultracapitalista de Milei.

En el área de Trabajo no parece ni que haga falta aclararlo: Si el ministerio de Trabajo hoy es un árbitro siempre parcialmente favorable hacia los patrones y los capitalistas, en la concepción de Milei perdería incluso ese rol de árbitro: su contenido queda reducido a una mera escribanía de los patrones donde los empresarios dejaran asentadas a su gusto las condiciones que quieran a los trabajadores, que es eso que Milei llama «libertad».

Volviendo a la cuestión de los nombres, y con estricta lógica en función de todo lo anterior, Desarrollo Social pasará a llamarse Niñez y Familia. «Desarrollo social» es para Milei una contradicción en los términos: para él, el desarrollo va en detrimento de lo social. Acá se revela como esta ideología ferozmente neoliberal e individualista se combina con un liso y llano conservadurismo: la única institución social reconocida por la concepción de Milei es la familia, unidad elemental del capitalismo patriarcal. No por nada Milei es un férreo negacionista de la desigualdad de género en el capitalismo.

Capitalismo decadente y distópico

En el límite, la visión de Milei de la sociedad no sólo choca con cualquier concepción humanista (ya ni digamos socialista) sino incluso con la concepción modernizadora que el capitalismo tuvo en relación al atraso económico y cultural heredado de sociedades anteriores.

La educación pública gratuita y universal fue de hecho una de las principales herramientas con las que las clases dirigentes pudieron conformar los modernos Estados Nación. Pero más importante aun, desde el punto de vista estrictamente económico era una necesidad propia para la reproducción de la fuerza de trabajo al servicio del capital. Frente a la figura precapitalista del campesino, generalmente analfabeto y cuya educación se restringía a la tradición heredada y transmitida por el círculo familiar, el obrero «libre» de su lazo a la tierra debía tener ciertas capacidades consideradas universales para poder ser sujeto de explotación específicamente capitalista.

Más de dos siglos de capitalismo después, aquella concepción modernizadora fue reemplazada en algunos casos por las versiones más distópicas y decadentes como las que representa el ultraliberalismo de Milei: La educación y la salud ya no son consideradas solamente como elementos fundamentales para la reproducción del capital (reproducción de la fuerza de trabajo), sino ellas mismas se vuelven una mercancía, susceptible de comprarse y venderse y por lo tanto de retribuir ganancias económicas para los empresarios. Todo lo propiamente humano se vuelve ajeno, y lo que impera es la dominación sin límite de la implacable lógica del capital.

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