3. La revolución rusa

El marxismo “ortodoxo”[7] de finales de siglo XIX y principios del XX veía el socialismo como el resultado inevitable del desarrollo de las contradicciones propias del modo de producción capitalista. Esas contradicciones se incrementan a medida que el capitalismo avanza y se desarrolla. En ese marco, los socialistas creían que la revolución socialista se iba a dar en Alemania -que contaba no solo con el desarrollo industrial más importante de Europa, sino también con la clase obrera mejor organizada y el partido socialista más importante-, en Inglaterra o en Francia, los países más adelantados.

Rusia, en cambio, era un país profundamente atrasado, dominado por una monarquía absolutista -el zarismo- apoyada en la nobleza territorial. La servidumbre recién fue legalmente abolida en Rusia en 1861, más de medio siglo después de la Revolución Francesa, pero sin terminar con los problemas del campo ruso (Trotsky, 2012, p.31). La reforma de 1861 liberó a los campesinos de sus cadenas formales, pero mantuvo las tierras en manos de los terratenientes. De esa manera en el campo ruso convivían la propiedad de la aristocracia y la iglesia, campesinos “acomodados” que producían un excedente para el mercado, aproximadamente el 20% del total de los habitantes del campo, y pequeñas parcelas que no alcanzaban para la supervivencia de las familias de pequeños campesinos que las cultivaban y se veían obligados a vender su fuerza de trabajo (Carr, 1966b, p. 20). Para una población campesina de casi 100 millones de personas en 1897 (Moon, 1996, p. 144), estamos hablando de más de 80 millones de seres humanos que vivían en una situación de extrema precariedad, produciendo para subsistir.

Este universo de relaciones precapitalistas se “combinaba desigualmente” con un importante desarrollo industrial, promovido centralmente por la inversión extranjera directa de las potencias aliadas, Francia, Inglaterra y Bélgica (Trotsky, 2012, pp. 33-35). En palabras de Lenin: “el más moderno capitalismo imperialista se entrecruza, por así decirlo, con una red de relaciones precapitalistas” (Carr, 1966b, p. 20). Esto significó que para comienzos del siglo XX en Rusia se superponían dos realidades. La primera, la del atraso extremo del campo, con una mayoría campesina que vivía de la economía de subsistencia y el atraso extremo político, con una monarquía absolutista y sin ningún tipo de derecho democrático. Y, junto con ella, una segunda, la de una industria de punta y en crecimiento, con fábricas que empleaban a miles de obreros que comenzaban a organizarse políticamente. Es en este país profundamente desigual y contradictorio que el 8 de marzo de 1917[8] estalló una revolución encabezada por las obreras de Petrogrado que derrocó a la monarquía y abrió paso a una dinámica revolucionaria que llevaría a la clase trabajadora al poder y marcaría a fuego el curso del siglo XX.

3.1 Los marxistas y la revolución rusa

Con la primera revolución rusa de 1905 comenzó un debate entre los socialdemócratas rusos acerca de cuál iba a ser el carácter de la próxima revolución, que todos veían en el horizonte. Para los marxistas que se consideraban “ortodoxos” la revolución rusa debía ser una revolución exclusivamente burguesa, que debía llevar a la burguesía industrial y financiera al poder (Carr, 1966a, pp. 63-65). En ese marco, el rol de la clase trabajadora era empujar por izquierda a esa burguesía para que completara lo que los marxistas llamaron la “revolución democrática”, una revolución llamada a terminar con todas las rémoras feudales y precapitalistas. A partir de esta revolución iba a poder desarrollarse plenamente el capitalismo en Rusia, y con ello iba a crecer en importancia y organización la clase obrera, hasta que esta pudiera plantearse las tareas de la revolución socialista. Esta era la postura de la fracción menchevique del Partido Socialdemócrata Ruso.

La fracción bolchevique, dirigida por Lenin, acordaba con la fracción menchevique en el carácter burgués de la revolución rusa, pero no con las conclusiones de este postulado (Carr, 1966a, pp. 65-66). La burguesía rusa era demasiado débil y temerosa de la clase obrera para poder encabezar, dirigir y completar su propia revolución. Solo la clase obrera en alianza con el campesinado podía llevar hasta el final la revolución burguesa, estableciendo no una “dictadura del proletariado”, como señalaron Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, sino una “dictadura democrática de obreros y campesinos” cuyo objetivo revolucionario debía ser completar la revolución democrática: “No puede haber otro camino para la libertad del proletariado y del campesinado que el camino de la libertad burguesa y el progreso burgués” (Lenin, citado por Carr, 1966a, p. 66). Esta revolución democrática debería impulsar la revolución socialista en los países más avanzados de Europa. Con ayuda de la clase obrera europea, los trabajadores rusos podrían realizar la revolución socialista en Rusia, en alianza con los campesinos pobres y los sectores semiproletarios del campo (aquellos que venden su fuerza de trabajo a otros campesinos o terratenientes). Lenin establecía una distinción práctica y teórica entre ambas revoluciones, burguesa y socialista, que se expresaba en la forma de gobierno propuesta: no era la dictadura del proletariado, el gobierno exclusivo de la clase obrera, sino la dictadura democrática de obreros y campesinos la que debía implantarse en un primer momento en Rusia. Sin embargo,

“desde la revolución democrática debemos comenzar inmediatamente, y en la medida de nuestras fuerzas -la fuerza del proletariado organizado y consciente- la transición a la revolución socialista. Estamos por la revolución permanente. No nos detendremos a mitad de camino” (Lenin, citado por Carr, 1966a, p. 68).

La tercera posición dentro de la Socialdemocracia rusa fue la de Trotsky, la más acertada en sus previsiones históricas. Coincidía con Lenin y los bolcheviques en la debilidad de la burguesía rusa. Pero a ese elemento le sumaba la heterogeneidad del campesinado. Para él, los campesinos no podían tener una intervención histórica independiente que los colocara en el poder junto con la clase obrera. Era la clase obrera, como caudillo de la nación oprimida, la que podía dirigir el proceso y completar la revolución burguesa. “‘Una vez en el poder, el proletariado inevitablemente por la lógica de la situación se verá empujado a administrar la economía como un asunto de estado’. […] La resolución de la revolución conllevaría automáticamente una transición a la revolución socialista.” (Carr, 1966a, p. 70). No había para Trotsky una distinción tajante entre ambas revoluciones, sino un único proceso de revolución “ininterrumpida” o “permanente”. Tanto para Lenin como para Trotsky, la revolución socialista en los demás países de Europa era fundamental para que pudiera triunfar el socialismo en Rusia.

Al calor de los acontecimientos de 1917, Lenin, recién regresado de su exilio europeo, acercó sus posiciones fuertemente a las de Trotsky y fue junto con este el principal promotor de la insurrección de octubre que llevó a la clase obrera al poder. Este acercamiento fue el responsable de que Trotsky, que había mantenido una militancia independiente en el Partido Socialdemócrata Ruso por años, se uniera junto a sus seguidores a la fracción bolchevique, en un rol de dirección de la revolución.

Este debate es pertinente aquí porque permite establecer el marco teórico y programático de las medidas y decisiones económicas tomadas por los bolcheviques durante los siguientes años en el poder. Como analizamos en las conclusiones del punto anterior, la abolición del dinero en Marx está firmemente anudada con la superación del modo de producción capitalista y el establecimiento del comunismo: la organización de la sociedad por la asociación de hombres y mujeres libres. Como vimos, de manera taxativa los dirigentes de la revolución rusa de octubre de 1917, Lenin y Trotsky, consideraban que en su revolución había un carácter intermedio, de transición. Marx desarrolló la concepción marxista clásica de la transición en su Crítica al programa de Gotha:

“No se trata aquí de una sociedad comunista que se ha desarrollado desde su propia base, sino de una sociedad que acaba de salir precisamente de la sociedad capitalista y que, por lo tanto, presenta todavía en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y el intelectual, el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede. […]

[…] Pero estos defectos son inevitables en la primera fase de la sociedad comunista, tal y como surge de la sociedad capitalista después de un largo y doloroso alumbramiento. […]

[…] En la fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los hombres a la división del trabajo, y con ella, la oposición entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo del hombre en todos sus aspecto, aumenten también las fuerzas productivas y manen más abundantemente los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués, y la sociedad podrá inscribir en su bandera: ¡de cada cual según su capacidad a cada cual según sus necesidades!” (Marx y Engels, 1984, pp. 424-425).

Aquí Marx señala que en una sociedad revolucionaria que derribó y sobrepasó al capitalismo, aún hay rémoras del pasado que hay que superar. No se puede instaurar de un día para otro el comunismo, terminar con la ley del valor y las desigualdades, sino que hace falta un período de transición, durante el cual no puede considerarse totalmente abolido el capitalismo. Pero el problema en Rusia era incluso más profundo, no se trataba de los problemas de una sociedad que superó al capitalismo, sino de una que aún no había conquistado ni siquiera el desarrollo capitalista de los países más avanzados. Trotsky en 1936 lo ponía en estos términos:

“Rusia no era el eslabón más resistente, sino el más débil del capitalismo. La URSS actual no sobrepasa el nivel de la economía mundial; no hace más que alcanzar a los países capitalistas. Si la sociedad que debía formarse sobre la base de la socialización de las fuerzas productivas de los países más avanzados del capitalismo representaba para Marx la ‘etapa inferior del comunismo’, esta definición no se aplica seguramente a la URSS que sigue siendo, a ese respecto, mucho más pobre en cuanto a técnica, a bienes y a cultura que los países capitalistas. Es más exacto, pues, llamar al régimen soviético actual, con todas sus contradicciones, transitorio entre el capitalismo y el socialismo, o preparatorio al socialismo, y no socialista” (Trotsky, 2001, pp. 48-49).

Luego de este repaso de las posiciones de los principales dirigentes de la Revolución Rusa sobre el carácter de la misma, podemos concluir que existía un consenso en la idea de que la revolución era obrera, llevaba al poder e imponía la dominación de la clase trabajadora y su partido con una aspiración conscientemente socialista, pero que no pretendía ser inmediatamente socialista. Esta definición no resolvía los problemas políticos y económicos planteados al momento de la toma del poder, pero sí establecía el marco general de las medidas a tomar. No existía un imperativo de carácter teórico para socializar el conjunto de la economía luego de la revolución. Tampoco para tomar medidas de estricto carácter burgués o liberal: en palabras de Lenin, no se podía colocar ninguna “muralla china” entre las revoluciones burguesa y socialista (Skilling, 1961, pp. 13-14). Era una revolución obrera que sabía que no podía transformar años de explotación de la noche a la mañana, pero que tenía una aspiración consciente socialista de transformación radical de todo lo existente.

3.2 Estado de la economía rusa

Las finanzas rusas en la previa a la Primera Guerra Mundial mostraban una “fortaleza” aparente. El Banco del Estado era la entidad encargada de acumular las reservas del Estado y de emitir monedas de oro y plata, así como papel moneda -llamadas “notas de crédito” o “Romanovs” (Arnold, 1937, p. 43), todos estos instrumentos denominados en rublos. Se encontraba dentro de la órbita del Ministerio de Finanzas, pero dirigido por un gobernador elegido directamente por el Zar (Arnold, 1937, pp. 10-11).

En 1914 la totalidad de las notas de crédito en circulación, 1.664 millones de rublos, estaban respaldadas en un 100% por unas reservas metálicas de 1.695 millones de rublos. Esto se lograba en parte mediante un pequeño resultado positivo en la balanza comercial y centralmente mediante un importante endeudamiento externo, que cubría sistemáticamente el déficit fiscal del estado zarista (Arnold, 1937, p. 16). Si bien las arcas del Banco del Estado mostraban fortaleza, un análisis del comercio exterior y del presupuesto mostraban los problemas del estado zarista, relacionados fundamentalmente con su atraso y falta de desarrollo capitalista. Del presupuesto del año 1913 se desprende que sólo un 7% de los recursos se obtenían mediante impuestos directos. El 20% mediante impuestos indirectos. Un 25% mediante los ingresos del monopolio estatal de la producción y venta de bebidas espirituosas y otro 3% de la explotación de los ferrocarriles. Este altísimo porcentaje de ingresos derivados de la explotación de dos ramas particulares de la industria muestra el escaso desarrollo del sistema tributario ruso bajo el zarismo (Arnold, 1937, p. 33 y Davies, 1958, pp. 4-5).

En el terreno del intercambio internacional, se aprecian las debilidades de desarrollo de la industria rusa. La mitad de las importaciones eran de materias primas y manufacturas intermedias para la industria. Incluso aquellos bienes de los cuales Rusia tenía grandes depósitos, como hierro, petróleo y carbón debían ser importados, por el escaso desarrollo de esas ramas. Además, Rusia dependía de sus importaciones de Zinc, maquinaria para la industria y maquinaria agrícola y cobre (Arnold, 1937, pp. 27-28). Con el estallido de la guerra las exportaciones rusas se derrumbaron, mientras que las importaciones se mantuvieron constantes, acumulando una balanza comercial desfavorable de 3.622 millones de rublos corrientes entre 1914 y 1917. Arnold (1937, p. 28) señala que estos números son engañosos, ya que el rublo se depreció fuertemente durante esos años. En realidad, las cantidades importadas se redujeron en cerca de un 80% considerando el volumen comerciado entre 1913 y 1917. Las exportaciones obviamente se redujeron muchísimo más.

Con el estallido de la guerra, el gobierno zarista emitió una nueva legislación para permitir que el Banco del Estado emitiera más notas de crédito para financiar la guerra y decretando la suspensión de la conversión de notas a oro, anulando en los hechos el patrón oro que regía las finanzas rusas desde la reforma de Witte en 1889 (Arnold, 1973, p. 30). Al suspenderse el pago en oro, las monedas de oro rápidamente desaparecieron de circulación: para finales de 1915 ya no quedaban más monedas metálicas en circulación (Arnold, 1937, p. 31). Para suplir la función de las pequeñas monedas de plata y cobre se introdujo un nuevo “token del tesoro”, del que se emitieron rápidamente 128 millones de rublos.

La debilidad del aparato impositivo del estado era notoria. Se intentó implementar un impuesto extraordinario de guerra a la riqueza personal, así como un impuesto a quienes se exceptuaban del servicio militar que, sin embargo, a duras penas cubrían el aumento en los gastos “civiles” del gobierno (Davies, 1958, pp. 7-8). Además, el estado dependía demasiado de sus ingresos por el monopolio del alcohol, cuyas ventas el gobierno redujo sensiblemente -por razones obvias- durante la guerra. También los ingresos de los ferrocarriles, otra importante fuente de recursos para el estado, se vieron fuertemente afectados por el conflicto bélico (Arnold, 1937, p. 33). Los costos de la guerra sólo podían ser cubiertos mediante el endeudamiento y la emisión monetaria de notas de crédito del Banco del Estado (Yurovsky, 1925, p. 13).

Durante el primer mes de la guerra se emitieron 700 millones de rublos, equivalente a un aumento del 42% de las notas en circulación en enero de 1914. Hasta enero de 1915, se habían emitido 1.283 millones de rublos en notas de crédito, un 77% más de notas de crédito en circulación con respecto al año anterior. En 1915 se emitieron 2.670 millones de rublos, un 92% más (Yurovsky, 1925 p. 13, Katzenellenbaum, 1925, p. 68, Davies, 1958, pp. 8-9 y Arnold, 1937, p. 92). Este sideral aumento en la cantidad de notas de crédito emitidas, sin embargo, se tradujo en un aumento menor en el índice de precios del 28% para 1914 y 10% para 1915 (ver tabla 1). Gran parte de la emisión de nuevas notas de crédito se destinó a fortalecer a los bancos, cuyos deudores recibieron una moratoria en los pagos de sus créditos por parte del estado (Arnold, 1937, p. 29). Luego, otra parte fue utilizada para retirar de circulación las monedas metálicas, en vistas a la suspensión del patrón oro. En términos marxistas, ninguno de estos usos del papel moneda lo transformaba en nuevos medios de circulación, ya que en el primer caso quedaban en manos de los bancos, y en el segundo reemplazaron otras monedas en circulación. Por último, Arnold (1937, p. 47) agrega que en los primeros meses de la guerra hubo un aumento artificial de la cantidad de mercancías producto de todos los bienes que no habían podido exportarse, que tendió a reducir el alza de los precios. Yurovsky (p. 14) incluso afirma que, por el cierre de las exportaciones de trigo y otros productos primarios, y teniendo en cuenta que la guerra aún no había arruinado cultivos ni derrumbado la productividad, sus precios de hecho se redujeron al comienzo de la guerra. Además, por lo menos hasta 1916 el campesinado atesoró, no solo en las viejas monedas de plata, sino también en papel moneda, restringiéndolas de la circulación (Yurovsky, 1925, p. 19).

Luego de este pequeño respiro durante el primer año de la guerra, la emisión monetaria continuó financiando el déficit de forma privilegiada (ver tabla 1). Recién en 1916 la inflación anual fue de cerca del 105% y en 1917 superó peligrosamente el 600% anual. Aquí se produce un fenómeno particular que atañe a un proceso hiperinflacionario, según la definición de Arnold (1937): cuando un aumento en la cantidad de dinero en circulación se traduce en un incremento proporcionalmente mayor en los precios de las mercancías (p. 51). Esto es lo que comenzó a ocurrir entre 1916 y 1917, como también sostienen Katzenellenbaum (1925, p. 76) y Yurovsky (1925, p. 19).

Durante su corto ejercicio del poder, el gobierno provisional que sucedió a la caída del zarismo en marzo de 1917 aumentó los impuestos directos, aunque fue incapaz de aumentar los impuestos indirectos por oposición del bolchevismo, los obreros y los campesinos. El aumento de los impuestos directos se demostró insuficiente para combatir el déficit. Se introdujeron consecutivamente dos nuevos tipos de papel moneda denominados en rublos, los llamados “billetes de la Duma” o “dumkie” y luego los “billetes de Kerensky”, “kerenki” (Arnold, 1937, p. 43). Se emitieron 16.403 millones de rublos, que financiaron el 73% del déficit fiscal[9]. Veremos cuáles serán las consecuencias de este hecho para los bolcheviques, que tomaron el poder en el momento en que el gobierno provisional recurría a la emisión monetaria para cubrir casi tres cuartas partes del déficit público.

3.3 Primeras medidas económicas del gobierno soviético

Las primeras medidas de los bolcheviques luego de la toma del poder del 7 de noviembre de 1917[10] fueron en el sentido de coexistir y controlar la economía capitalista. Una política que se promovía desde el recién tomado poder del Estado, pero también desde la propia lucha de los obreros bolcheviques, que popularizaban entre la población e imponían en sus fábricas el “control obrero de la producción”. En este sentido de coexistencia entre el Estado Obrero y alguna forma de propiedad privada fue la política agraria del gobierno revolucionario: en lugar del programa socialista del campo, la nacionalización de las tierras y su cultivo a gran escala, con el mejor equipamiento y dirección científica (Carr, 1966b, pp. 37-39) los bolcheviques aprobaron un decreto redactado por el partido campesino, el Partido Socialista Revolucionario, que consagró la pequeña propiedad privada de la tierra[11], siguiendo no la doctrina de Marx, sino la “expresión de la voluntad incondicional de la mayoría de los campesinos conscientes de toda Rusia” (Carr, 1966b, p. 41). En los hechos, legalizando la toma de tierras y su explotación en pequeñas unidades familiares. El argumento de Lenin hacia sus compañeros bolcheviques tenía que ver con las etapas de la revolución: “nosotros, como gobierno democrático, no podemos evadir la decisión de la masa del pueblo, incluso si no acordamos con ella” (Carr, 1966b, p. 42), siempre con el objetivo de virar lo más pronto posible a medidas socialistas para el campo con apoyo de los campesinos pobres y trabajadores rurales. Mientras tanto, la masa de campesinos rusos controlaba en los hechos la tierra y, por lo tanto, la producción agraria.

En la industria y las finanzas el programa de los bolcheviques era el control obrero de la producción y la distribución. La industria rusa estaba en crisis producto de la guerra: falta de equipamiento y materias primas, aislamiento de sus principales proveedores, baja productividad del trabajo. Muchas fábricas cerraron por falta de materias primas. Desde 1916 que la producción industrial no cesaba de disminuir, y la revolución de febrero dinamizó aún más ese proceso. El gobierno provisional intentó revertir esta situación mediante un Consejo Económico con atribuciones de planificación, pero no tuvo ni el poder ni la iniciativa para poder llevar adelante ningún tipo de planificación u organización de la producción industrial (Carr, 1966b, p. 62-63). Lenin quería apoyarse en las herramientas de las que disponía el Estado Burgués para poder ejercer un control obrero que sí fuese efectivo, con el poder y la iniciativa que le faltó al gobierno provisional. Un control financiero, comercial y de la distribución de la producción, pero no un control del proceso productivo desde un punto de vista técnico, y sin cuestionar la propiedad privada de los medios de producción (Carr, 1966b, p. 65). La política bolchevique contemplaba la enorme complejidad de la Revolución Rusa, que no podía ser una revolución burguesa, ya que los obreros estaban tomando en sus manos, al calor de la situación revolucionaria, fábricas a lo largo y ancho del país (Carr, 1966b, p. 63). Al mismo tiempo, contemplaban la posibilidad de la coexistencia con los burgueses y sus técnicos, a los que los trabajadores debían controlar. Carr señala que en este esquema los bolcheviques asumían que podrían contar con la colaboración de los empresarios y el personal técnico y científico que dirigía las operaciones en las fábricas y su aceptación del control por parte de los obreros (1966b, p. 73). Lamentablemente esta combinación entre propiedad privada burguesa y control obrero, si bien tuvo su sanción legislativa por parte del gobierno revolucionario, no tuvo aplicaciones prácticas. Por un lado, los comités obreros, de manera espontánea, tomaban el control directo de cada vez más empresas. Por otro, se multiplicaron los lockouts empresarios y el “sabotaje” por parte del personal técnico calificado.

Para ser justos con la política bolchevique y el espíritu revolucionario de la clase trabajadora, el caos que sucedió a la revolución de octubre no puede ser atribuido exclusivamente al afán revolucionario o a determinadas medidas económicas o políticas. Como se ha desarrollado, el caos industrial se venía arrastrando desde hacía años, y los problemas de abastecimiento de equipamiento, materias primas y distribución se acumulaban. Carr (1966b) menciona el caso de una fábrica de trajes de algodón que cerró en febrero de 1918 producto de la acumulación de stocks debido a la crisis de su sistema de distribución (p. 77). Estos problemas de fondo no pueden ser atribuidos ni a la clase obrera, que estaba tomando el poder de manos de una burguesía que había sido incapaz de resolver los grandes problemas del país, ni al partido bolchevique, el único dispuesto a tomar en sus manos la responsabilidad del gobierno de Rusia.

Para sintetizar, en este primer período la nacionalización generalizada de la industria no era el programa de los bolcheviques. Era más bien producto de la acción espontánea de los comités obreros y también como medida punitiva ante los lockouts y sabotajes empresarios (Carr, 1966b, p. 87). De hecho, Dobb (2012, p. 32) señala como uno de los motivos principales por los cuales se crea el Vesenkha (Consejo Supremo de la Economía Nacional) fue para evitar las expropiaciones descontroladas. Antes de julio de 1918, de unas 500 empresas expropiadas, 100 lo habían sido por decisión del gobierno bolchevique y más de 400 por los comités obreros u organizaciones locales (Dobb, 2012, p. 39). Las nacionalizaciones no seguían una lógica económica, sino de la lucha de la clase trabajadora con la burguesía (Carr, 1966b, p. 77). Como vimos, las consideraciones económicas y teóricas acerca del carácter de la revolución rusa, imponían más bien a la cautela con respecto a la nacionalización de la industria. Lenin quería más bien emular el “capitalismo de estado” que según su caracterización existía en Alemania[12]. Según su definición, el capitalismo de estado en la Rusia soviética consistiría en una combinación entre una pequeña industria en manos privadas, una economía de gran escala nacionalizada con empresas públicas alquiladas temporalmente a capitales privados, incluso con la participación de capitales extranjeros. La diferencia entre fundamental entre el capitalismo de estado en Rusia, tal como lo imaginaba Lenin, y en Alemania se encontraba centralmente en el poder político: mientras que en Alemania dominaba la burguesía, en Rusia lo hacía la clase obrera mediante el estado soviético (Dobb, 2012, p. 43). De hecho, se intentó realizar acuerdos con grupos empresarios para crear trusts en algunas ramas de la industria, de propiedad mixta o estatal, pero con gestión privada. Sin embargo, ninguno de esos planes prosperó. Las consideraciones políticas y de la lucha de clases, en cambio, imponían un ritmo mucho más rápido a la nacionalización del que los líderes bolcheviques esperaban (Dobb, 2012, p. 29). Una vez que fue evidente que no se iba a lograr establecer un modelo de “capitalismo de estado” como fuera definido más arriba, la nacionalización completa de la gran industria era el único camino para superar el caos del sabotaje y el control obrero desorganizado (Carr, 1966b, p. 101). Sin embargo, la nacionalización no hacía más que plantear el gran problema a resolver: ¿cómo una clase social, la clase obrera, y un partido, el partido bolchevique, iban a poder administrar esa vasta industria nacionalizada en crisis, sin la experiencia de decenas de años que tenía tras sus espaldas la burguesía? La nacionalización de la industria avanzaba a mayor velocidad de la que los bolcheviques podían garantizar su efectiva dirección.

El gobierno revolucionario tenía tres grandes urgencias que resolver durante estos primeros meses luego de la toma del poder. En primer lugar, el hambre en las ciudades, que los bolcheviques atribuían al acaparamiento de alimentos por parte de los terratenientes. Esta atribución probablemente no era exacta. En medio de la crisis, la guerra y la revolución, el único problema no era el de la distribución de lo producido, sino de las cantidades producidas mismas. Markevich y Harrison (2011, p. 680) muestran que para 1917 la producción agraria había caído en un 13% y para 1918 en un 33% con respecto a 1913. Sin embargo, también era verdad que la ausencia de productos industriales en el mercado (y no solo el sabotaje de los “campesinos ricos”) llevaba a los campesinos a no vender su cosecha, por no encontrar mercancías que comprar mediante la venta de sus productos agrarios. De acuerdo con Carr (1966b, p. 121), los problemas con los suministros no eran un problema de distribución en las ciudades, sino de distribución entre las ciudades y el campo. Uno de los principales problemas de la economía nacional era el intercambio entre el campo y la ciudad, o qué mercancías los obreros de las ciudades podían producir para interesar a los campesinos en producir y venderles los alimentos que tanto se necesitaban en las ciudades. Siguiendo la teoría del acaparamiento, el Comisariado del Pueblo de los Suministros comenzó a organizar los primeros destacamentos armados de obreros a los pueblos a requisar alimentos para dar de comer a los millones de obreros de Petrogrado y Moscú (Carr, 1966b, p. 55).

En segundo lugar, el caos industrial, con empresas administradas por comités locales de trabajadores, sin control por parte del poder centralizado, industrias cerradas por sus dueños, fábricas que no producían como resultado de la falta de colaboración de los técnicos especializados, problemas de suministros, de distribución y de logística. Y por último el problema de la invasión alemana y luego de la contrarrevolución y la guerra civil.

Para las finanzas, los bolcheviques tenían un pequeño programa con dos elementos. El primero, la nacionalización de toda la banca y su centralización en un gran banco estatal. Esta demanda se desprendía teóricamente de la teoría del capital financiero de Hilferding y de la teoría del imperialismo de Lenin, que consideraban que en la etapa actual del capitalismo eran los bancos los que controlaban los grandes resortes económicos. Además, para Lenin, la banca era fundamental en la cuestión del poder. Una de las razones del fracaso de la Comuna de París había sido su incapacidad de tomar los bancos (Carr, 1966b, p. 137). La otra medida impulsada por los bolcheviques fue el repudio de toda la deuda contraída por el zarismo y el gobierno provisional, excepto la deuda emitida en rublos en montos menores a 10.000. En materia impositiva, los bolcheviques rechazaban todo impuesto indirecto y abogaban por impuestos directos a la riqueza y los ingresos para financiar los gastos del estado[13].

Por último, los bolcheviques entendían que la emisión monetaria, con la inflación que traía aparejada, era “la peor forma de préstamo compulsivo” (Lenin, citado por Davies, 1958, p. 13) y que el fortalecimiento del aparato impositivo era fundamental para cortar con ese flagelo. Más allá de esto y de la idea que el comunismo traería consigo el final del dinero y de las finanzas en un futuro, no había un mayor programa concreto desde el punto de vista financiero.

En materia financiera, los primeros días luego de la toma del poder fueron de cautela. Los bolcheviques recién ingresaron al Banco del Estado cuando pidieron acceso a los fondos del gobierno y estos le fueron negados por la gerencia del Banco. A fines de diciembre intentaron llegar a un acuerdo con los bancos privados, para que estos funcionaran con control del gobierno, pero nuevamente este intento de coexistir con el capital privado fue “saboteado” por los gerentes y empleados de los bancos, y los bolcheviques nacionalizaron antes de fin de 1917 los principales bancos del país, que fueron fusionados de manera ordenada con el Banco del Estado, que pasó a llamarse Banco del Pueblo. Merece la pena mencionar, en aras de comprender cómo veían la situación los líderes del bolchevismo en 1918, que de igual manera en que intentaron realizar acuerdos con capitalistas privados para administrar la industria, también se establecieron contactos con los antiguos gerentes y directores de los bancos para reestablecerlos como empresas nacionalizadas, pero bajo control privado (Carr, 1966b, p. 141). Al igual que en la industria estos intentos no prosperaron.

A nivel financiero y presupuestario, el programa bolchevique debió enfrentarse a la crisis dejada por el gobierno provisional. En los hechos, durante los primeros meses, el gobierno se vio obligado a pagar los sueldos de sus empleados, sostener a la industria nacionalizada y realizar las compras de productos industriales para realizar los intercambios con las aldeas. La recaudación impositiva era bajísima, considerando que había que poner en pie nuevamente la maquinaria del estado (Carr, 1966b, p. 145). En ese contexto, recurrir a la emisión se justificaba, aunque solo de manera temporaria (Lenin citado por Carr, ídem). La primera verdadera iniciativa impositiva fue de parte de los soviets de las localidades y provincias, que comenzaron a recaudar “contribuciones forzosas” a los ciudadanos acaudalados (Carr, 1966b, p. 146). Esta medida por sí sola expresa los problemas y la manera de encararlos que existía: el estado central no tenía el aparato, la maquinaria burocrática, para encarar una campaña de recaudación impositiva nacional. Quienes estaban en contacto directo con la población, y sabían dónde buscar “excedentes” eran los soviets locales, pero que realizaban la tarea de manera arbitraria. Era una recaudación más emparentada con la lucha de clases, política, que una verdadera política económica. El Comisariado del Pueblo de Finanzas intentó prohibir a los soviets locales recaudar impuestos, pero producto del apoyo a los mismos del Comisariado del Pueblo de Asuntos Internos[14] y la virtual imposibilidad de apoyar de otra manera a las provincias llevó al gobierno a rechazar esta prohibición. Los bolcheviques se oponían por principio al federalismo en materia de gobierno, pero durante 1918 la situación fue demasiado caótica para poder ordenar la relación entre las finanzas locales y nacionales.

El primer gran debate que marcó las líneas sobre las cuales iba a discutirse la política económica y monetaria fue en el I Congreso Ruso de Consejos de la Economía Nacional, que sesionó a finales de mayo de 1918 (Carr, 1966b, pp. 148-151). La línea del Comisario del Pueblo de Finanzas en ese momento, Gukovsky, quien se encontraba en el ala derecha del Congreso, propugnaba por reintroducir el patrón oro y terminar de manera inmediata con la emisión monetaria sin respaldo. Para lograr esto, se proponía la realización de un exhaustivo presupuesto de los ingresos y cuadrarlos con los gastos, lo más reducidos posibles. Además, apoyaba los impuestos indirectos y se oponía al método de las “contribuciones” de los soviets locales.

La oposición de izquierda, liderada en ese momento por Bujarín, pero representada por Smirnov en el Congreso, en cambio, se oponía tajantemente a la vuelta al patrón oro y a la auto imposición de realizar un fuerte recorte en los gastos del estado. Siempre que el gasto promoviera un fin deseable, estaba justificado. Apoyaban además el financiamiento sin límites por la vía del método de la emisión monetaria, no porque pensaran que esta fuese inocua, sino porque no consideraban importante el problema de la inflación y la depreciación del rublo. El argumento era que, como en un futuro cercano la moneda iba a dejar de tener una función, no merecía la pena preocuparse por su valor.

La posición moderada del congreso, y la que finalmente se impondría en la práctica fue la de Sokolnikov (quién sería Comisario del Pueblo de Finanzas desde 1921 hasta 1926). Sokolnikov insistía en la importancia del oro en el intercambio internacional, pero consideraba innecesario e imposible intentar volver al patrón oro terminado en 1914. Los peligros de la emisión monetaria podrían mitigarse estableciendo precios fijos. El objetivo no era bajar los precios, sostenía, sino fijarlos y mantenerlos estables.

Seguramente tenga un punto Dobb (2012, p. 69) cuando señala el entusiasmo que palpaban muchos dirigentes soviéticos y las posibilidades que veían desplegadas en la iniciativa popular desde abajo. La situación económica y financiera del país estaba en franco deterioro, pero la revolución, el ingreso en la historia de las grandes clases sociales explotadas, podía traer nuevas fuerzas para revertir la situación y nuevas fuentes de recursos, centralmente alrededor de la confiscación de los ricos. Ese tipo de iniciativas son las que se expresaban en las requisiciones de los soviets locales y en la voluntad y entusiasmo de los trabajadores industriales, que por primera vez sentían que “el poder estaba en sus manos y su trabajo no estaba siendo explotado para engordar los ingresos de otra clase social” (Dobb, 2012, p.69). Si uno de los mayores problemas de la posición de Gukovsky, y que le quitaba seriedad a su propuesta de fuertes recortes en los gastos, es que no fue capaz de redactar un presupuesto siquiera de los ingresos para el año corriente, estaba claro que los bolcheviques necesitaban confiar en la iniciativa popular hasta que pudieran organizar un fuerte aparato estatal.

El Congreso finalmente se pronunció por una mayor recaudación impositiva por impuestos directos e indirectos y una reducción en los ritmos de emisión monetaria, incluso con algún éxito parcial como puede verse en la tabla 1. El final de la guerra, luego de la paz de Brest Litovsk de marzo de 1918, permitió el -corto- respiro que los bolcheviques necesitaban. A partir de una triplicación de los ingresos y un aumento de los gastos de un 70%, en 1918 se logró reducir el déficit fiscal y con ello el ritmo de incremento de la emisión monetaria y de aumento de los precios (Dobb, 2012, p. 80, Katzenellenbaum, 1925, pp. 69-70).

Tabla 1: Déficit, emisión monetaria e inflación 1914 – 1921
Año Ingresos Gastos Déficit Déficit como porcentaje del total de gastos Emisión Tasa de inflación
1914 2.961 4.859 1.898 39,06% 1.283 28,70%
1915 3.001 11.562 8.561 74,04% 2.670 10,00%
1916 4.345 18.101 13.756 76,00% 3.480 105,00%
1917 5.039 27.607 22.568 81,75% 16.403 606,00%
1918 15.580 46.706 31.126 66,64% 33.500 690,00%
1919 48.959 215.402 166.443 77,27% 164.200 1376,00%
1920 159.604 1.215.159 1.055.555 86,87% 943.699 635,00%
1921 4.139.900 26.076.816 21.936.916 84,12% 16.375.300 1616,00%
Fuentes: Katzenellenbaum, 1925, p. 69 y Arnold, 1937, p. 92. Las cifras están en millones de rublos corrientes. La discrepancia entre la emisión monetaria y el déficit fiscal en 1921 se debe a que el presupuesto de ese año fue exagerado y no todos los fondos fueron finalmente utilizados.

 

A pesar de los logros de la primera mitad de 1918, la emisión seguía representando la principal fuente de financiamiento del gobierno. Sin embargo, como señalara Marx, aunque el gobierno tenga la potestad de emitir papel moneda, eso no significa que pueda “crear valor de la nada” (Marx, 2008, p. 108). Esas nuevas emisiones debían restar recursos a alguna clase social, y, además, una vez que se encuentran en circulación corren el riesgo de ver su valor depreciarse rápidamente.

La burguesía y los terratenientes rusos fueron las principales víctimas de la inflación (y de las “contribuciones”), ya que eran los sectores que contaban con mayores reservas monetarias, y a los que sistemáticamente se intentó despojar, mediante diferentes decretos, de sus tenencias de dinero en metálico. Al no existir alternativas de inversión debido a la nacionalización de los bancos, de la industria y el reparto de las tierras, y la prohibición de la tenencia de metales preciosos, -salvo por acumulación de artículos de primera necesidad, que por otro lado eran confiscados de manera sistemática- no había forma de proteger las reservas monetarias de las viejas clases dominantes rusas del proceso inflacionario. Esto fue lo que más entusiasmó al ala izquierda del partido bolchevique, que incluso terminó reivindicando la imprenta, la emisión y la inflación como grandes armas de la lucha de la clase obrera contra la burguesía (Preobrazhensky, 2014, p. 733).

Otra clase social que podría pagar los costos de la inflación eran los trabajadores industriales de las ciudades. Si bien el gobierno intentó protegerlos mediante la fijación de precios, la indexación de los salarios y luego el pago en especie de los mismos, evidentemente también tuvieron que pagar los costos de la inflación. quienes justamente el gobierno intentó proteger con la fijación de precios e indexación de los salarios. Sin embargo, se estima que a medida que se reducía la entrega de alimentos por parte del campesinado, el salario real de los trabajadores se redujo al 40% del de la preguerra (Dobb, 2012, p. 80). A pesar de este deterioro real, a medida que el pago en especie fue avanzando, los trabajadores tenían cada vez menores saldos monetarios que pudieran ser impactados por el incremento de la inflación.

Una vez liquidadas las reservas de la burguesía, que por otro lado al verse despojada de sus propiedades no podía generar nuevos excedentes monetarios, el peso de la inflación sólo podía caer principalmente en los campesinos. Estos veían expuestos al proceso inflacionario no solo el dinero atesorado durante años, sino también lo que obtenían en cada venta de la cosecha, hasta que lo gastaban en productos industriales de las ciudades. Además, se veían afectados por el “monopolio del grano” impuesto por el gobierno provisional y continuado por el soviético, que imponía la compra oficial de cereales a precios fijos. Al ser el incremento de los precios del conjunto de la economía mayor al de los precios controlados de los productos del campo, el gobierno lograba extraer recursos del campesinado para financiar sus gastos:

“Este último [el campesinado] perdía en tanto tenedores de dinero en efectivo; la inflación actuaba en su caso como una forma de expropiación de su riqueza. El campesinado era además dañado en tanto, vendiendo su producto por dinero, acumulaba el dinero o por lo menos lo retenía por el intervalo de tiempo entre la venta y la subsecuente compra con el dinero de nuevos productos. Pero en su caso esto no era todo. Un factor adicional que contribuyó a la carga del campesinado fue el monopolio de cereales, establecido bajo el gobierno provisional. Estaba diseñado para evitar el aumento del precio de los cereales, y en tanto fue exitoso, arrojaba los efectos de la inflación en el precio de los bienes manufacturados. Respectivamente, el precio que los campesinos debían pagar por los bienes que compraban aumentó a un ritmo mayor que sus ingresos por la venta de sus productos. En otras palabras, los términos del intercambio entre los productos de la ciudad y el campo se volvían contra el campo, tanto en cualquier momento determinado debido a la divergencia de los precios de las manufacturas y los cereales, como durante un período de tiempo debido a la depreciación del valor del dinero por el que el campesino vendía su producción” (Dobb, 2012, pp. 72-73).

El gobierno soviético se sostenía a partir del impulso y entusiasmo popular, la expropiación de las clases poseedoras y la emisión monetaria impactando sobre estas últimas y el campesinado, en un delicado equilibrio con pocas perspectivas de sostenerse. Nuevamente, tenía razón Marx cuando argumentaba que el gobierno no podía crear “valor de la nada”. El comienzo de la guerra civil en la segunda mitad de 1918 tensó al máximo las finanzas del joven gobierno soviético, que necesitó más recursos para poner en pie y sostener al Ejército Rojo, a lo que se sumó el impacto del envío de los mejores y más comprometidos dirigentes y trabajadores al frente de batalla. Y, de manera simultánea, lo que podríamos llamar la rebelión silenciosa del campesinado contra el impuesto inflacionario, que terminaría acelerando el proceso, iniciado con la guerra y la ruptura del patrón oro y solo parcialmente detenido en 1918, de desmonetización del rublo.

 


[7] Representado por ejemplo en la mayoría de la II Internacional, principalmente en el sector ligado al ala derecha de Eduard Bernstein, pero también a la de centro dirigida por Karl Kautsky. La concepción mecanicista de la revolución y la interpretación del marxismo como una teleología, una filosofía de la historia, dominaron el ambiente intelectual de la II Internacional y la llevaron a la bancarrota a la hora de su mayor prueba política el estallido de la Primera Guerra Mundial. Con la Gran Guerra, y luego con la 2da Guerra Mundial, se demostró correcto el principio estratégico de Rosa Luxemburgo, “Socialismo o Barbarie”: la historia no va a salvar a la humanidad, es la clase obrera tomando en sus manos su destino la única que puede salvar a la humanidad de la barbarie capitalista.

[8] 23 de febrero según el viejo calendario juliano que regía en el Imperio Ruso.

[9] La emisión de dumkies y luego kerenkies fue tan extensa que incluso se comenzaron a atesorar los viejos romanovs, que, sin dejar de ser un simple papel moneda, eran más valiosos que los nuevos billetes. Esto no solo respondía a un problema de “cantidades relativas” de los distintos tipos de billetes, sino también a consideraciones políticas: la posibilidad de una restauración del régimen zarista que anulara la moneda del gobierno provisional y revaluara los billetes antiguos. Lo mismo pasaría con la moneda soviética hasta el final de la guerra civil.

[10] 25 de octubre en el calendario juliano.

[11] Aunque legalmente se declaró la propiedad estatal de la tierra, esta se entregó en los hechos a las asambleas campesinas para su reparto individual.

[12] Ver por ejemplo el artículo de Lenin Acerca del infantilismo «izquierdista» y del espíritu pequeñoburgués del 5 de mayo de 1918, publicado los días 9, 10 y 11 de mayo de 1918 en el periódico “Pravda» (Lenin, 1986, pp. 291-334).

 

[13] Los impuestos indirectos son aquellos que se pagan por el hecho de comprar o consumir determinada mercancía. Por ejemplo, el Impuesto al Valor Agregado (IVA), que es un porcentaje que se paga por sobre el precio del producto. Los impuestos directos, en cambio, en lugar de cobrarse sobre el consumo, se cobran sobre los ingresos o sobre el patrimonio. El impuesto a las ganancias, a los bienes personales o a la propiedad son ejemplos de impuestos directos.

[14] Si bien tiene lógica que el Comisariado de Finanzas se opusiera por motivos económicos al caos de dejar a manos de los Soviets locales la recaudación impositiva, en términos políticos era fundamental. No solo por la incapacidad del Estado central para poder cumplir ese rol, sino porque de esa manera se debilitaba el poder de las clases poseedoras en los pueblos del interior, además de consolidar a los revolucionarios en los Soviets locales y su apoyo político al gobierno central (Davies, 1958, p. 18).

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